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La Facultad

Entrevista con Juan Camilo Niño Vargas, Ganador de Reconocimiento de MinCultura


 *Fotos: Archivo personal de Juan Camilo Niño Vargas

Juan Camilo Niño Vargas, antropólogo de la Universidad de los Andes y actual profesor del Departamento de Antropología, acaba de ser honrado por el Ministerio de Cultura con el premio Reconocimiento al Fortalecimiento de las Lenguas Indígenas en Riesgo de Colombia, por su trabajo Ette taarakakka. Diccionario de la lengua ette (Chimila). En esta entrevista nos cuenta sobre su trayectoria, su investigación y sus intereses.

Comunidad Faciso: ¿Cómo nació su interés por la antropología?

 Como una buena parte de mis colegas, creo, la elección de seguir la carrera de antropología en general, y etnología y lingüística en particular, está asociada a un cierto sentimiento de inconformidad con mi propia sociedad, así como de una gran curiosidad por conocer de cerca la manera en que otras sociedades eligieron vivir. Siendo un niño, la mitología clásica y amerindia encendió mi interés por las formas de pensar distintas a las propias. Gracias a la nutrida biblioteca de mi abuelo, pude seguir alimentando esa pasión acercándome a la literatura, la geografía y la historia. Al llegar la adolescencia no dude en aprovechar cuanta oportunidad de viajar se presentaba para entrar en contacto con otras realidades.

Juan Camilo Niño Vargas: ¿Cómo llegó a tomar esta disciplina, y en particular la etnología y la lingüística, como una opción de vida? ¿Qué lo condujo a interesarse en el pueblo ette?

Convencido de mi interés por conocer las diversas expresiones de las sociedades humanas, aunque temeroso por ser el primero de mi familia en dejarme seducir por una ciencia social, decidí estudiar antropología. La Universidad de los Andes fue un escenario precioso para esa iniciación, pues además de permitirme oír de voces a muchos de los mejores profesores del país, me dio la libertad de coquetear con otras disciplinas, en especial, la filosofía de la ciencia, la historia de Colombia y, entre otras, los estudios sobre las civilizaciones asiáticas.

 Contento por creer haber descubierto mi verdadera vocación, me gradué de antropólogo y comencé una maestría en Antropología Social en la misma institución. Quería dedicarme a la etnología y para ello me propuse estudiar un pueblo indígena, los ette, también conocidos como chimilas, sobre quienes poco se sabía desde la primera mitad del siglo XX. Me trasladé a su territorio para convivir con ellos durante algunos meses y aprender lo que pudiera sobre su forma de hablar, pensar y vivir. Residí por cerca de seis meses en sus resguardos en las llanuras centrales de los Departamentos de Magdalena y Cesar en el Norte de Colombia.

En aquella época, la situación en el territorio ette distaba de ser buena para desarrollar una investigación a causa de la violencia política y de las precarias condiciones de vida. Sin embargo, fue una experiencia extremadamente rica e intensa, tanto en el plano emocional como intelectual. De un lado, nació una bella amistad con los ette que perdura hasta el día de hoy. De otro, la tesis preparada fue recompensada con la mención de laureada. Por lo demás, tomé conciencia de la importancia de continuar mis intereses investigativos.

Gracias al apoyo de la Universidad, y después de un sustancioso año de docencia, partí a Francia para iniciar un doctorado en Antropología Social y Etnología en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Las enseñanzas impartidas por mis profesores allí y el ejemplo de muchos colegas de todas las regiones del mundo, me convencieron de consagrarle a los ette una monografía basada en un trabajo de campo extenso. Con el permiso de mis amigos indígenas, me instalé ininterrumpidamente en su resguardo durante cerca de dos años, siempre tratando de colaborarles en lo que fuera posible. Ahora me encuentro en la fase terminal de la investigación, finalizando la redacción de la tesis.

Comunidad Faciso: ¿Cómo nació y se concretó la idea de realizar un diccionario de la lengua ette?

Juan Camilo Niño Vargas: A finales del siglo XX se pensaba que poco o nada quedaba de la cultura ette y que a su lengua bien podría dedicársele un obituario. El prolongado trabajo de campo me permitió advertir una realidad muy diferente y cuestionar la presunta irreversibilidad de la degradación sufrida por este pueblo. Sin lugar a dudas, los ette atravesaban por una etapa difícil de su historia y graves problemas los amenazaban: desde la falta de tierras hasta el abandono de las tradiciones por parte de los jóvenes. Sin embargo, muchos de ellos continuaban respetando las costumbres de sus padres, hablaban la lengua con fluidez, se esforzaban por organizarse políticamente y anhelaban dar inicio un proyecto educativo propio.

Ante semejante panorama, me propuse acercarme de manera rigurosa a la lengua, tanto para estudiarla en sí misma como para entender mejor diferentes aspectos de la cultura. Durante aproximadamente diez años de idas y venidas al territorio ette, anoté cada palabra oída, trascribí mitos e historias y pasé noches balbuceando frases con mis anfitriones.

 *Fotos: Archivo personal de Juan Camilo Niño Vargas

La tarea no fue nada fácil. La lengua ette no solo era distinta de todas las demás que conocía. También era una de las menos estudiadas del país, nunca había sido escrita y solo se usaba en contextos familiares y ceremoniales. Saber dónde empezaba y terminaba una palabra era todo un reto, como lo era determinar los signos que podían emplearse para su representación en el papel. Afortunadamente conté con la paciente ayuda de muchos ette brillantes e interesados en mi trabajo, por lo que les estoy enormemente agradecido.
Con el tiempo, mi competencia fue mejorando, los diarios consagrados al idioma se volvieron voluminosos y el material lingüístico empezó a demandar una labor seria de sistematización. En ese momento se concretó la idea de compilar un diccionario en el sentido estricto del término, útil para los estudiosos de las lenguas indígenas y para los indígenas deseosos de escribir su lengua. Tal objetivo era acorde con la situación de desconocimiento y el riesgo de desaparición que atravesaba el idioma.

CF: ¿En qué consiste exactamente Ette taarakakka. Diccionario de la lengua ette?

JCNV: La expresión ette taarakakka es interesante. La palabra ette significa “gente”; el término taara equivale a “idioma” y kakka, es un partícula clasificadora que denota el concepto de “recipiente”. La expresión completa evoca así la idea de un artefacto en donde las palabras vernáculas se reúnen, conservan y se tienen a disposición. En eso consiste justamente el diccionario. La obra es la recopilación léxica más completa hecha hasta la fecha de la lengua ette.

Como cualquier otra obra académica, el diccionario está dividido en varias partes, que vale la pena mencionar someramente para saber en qué consiste. El trabajo se abre con un profundo estudio de las condiciones sociolingüísticas del pueblo ette, así como de las principales características de la lengua. Enseguida se encuentran dos nutridos diccionarios ette-español y español-ette, acompañados de más de un centenar de ilustraciones que retratan la realidad vivida por los hablantes. Además de esto, incluye un inventario de las especies animales y vegetales cuyo nombre en latín pudo determinarse con relativa certeza y, también, una recopilación de antiguos vocabularios recogidos por distintas personas desde el siglo XIX.

Debo enfatizar que los materiales compilados no solo son valiosos para los académicos interesados en la lengua ette. También lo son para los ette interesados en su propia lengua, en especial para aquellos que intentan escribirla en aras de asegurar su pervivencia.

CF: ¿Qué significa para usted el reconocimiento que el Ministerio de Cultura le ha hecho a esta obra?

JCNV: Al igual que en otras áreas del conocimiento, los investigadores interesados en la lengua y la cultura de los pueblos indígenas deben sortear grandes obstáculos, sean o no ellos mismos indígenas. Un primer inconveniente reside en la complejidad del objeto de estudio en sí mismo, cosa que no es secreto para nadie. Pero a esto hay que sumar una serie de potenciales trabas de orden práctico, como el limitado apoyo institucional y financiero, la creciente tendencia a privilegiar las investigaciones a corto plazo y las cambiantes políticas internas de las comunidades indígenas. Todas estas dificultades pueden desanimar al investigador, hasta el punto de hacerlo renunciar a su proyecto.

Habiendo vivido esta situación en carne propia, no puedo sentir más que un profundo agradecimiento por haber sido honrado por el Ministerio de Cultura con el Reconocimiento al fortalecimiento de las lenguas indígenas en riesgo de Colombia. La elaboración de un primer diccionario de la lengua ette ha sido una tarea difícil y es sumamente estimulante que haya sido honorada con un premio tan prestigioso. En muchos sentidos, este reconocimiento es un aliento, una fuerza que me anima a continuar con mi trabajo a pesar de todas las dificultades que puedan presentarse. Muchos de mis parientes adoptivos ette ya se enteraron de la noticia y también se encuentran muy satisfechos.

Dejando a un lado mi situación personal, debo recalcar el valor de la iniciativa del Ministerio de Cultura. El peligro que corren las lenguas indígenas es real y muchas de ellas sucumbirán si no hay un esfuerzo decidido por parte de las agencias gubernamentales y el medio universitario para documentarlas y revitalizarlas. Sería imperdonable no hacer algo al respecto. Si estos idiomas llegan a desparecer se extinguirán universos completos, formas originales y complejas de concebir y habitar el mundo. Es mi más profundo anhelo que mi labor como investigador sirva de algo para tan importante tarea. Aún quedan muchas cosas por hacer.


CF: ¿Qué es lo que más y menos le gusta de la investigación?

JCNV: Es una pregunta difícil de responder. Muchas cosas vienen a mi mente relacionadas con la elaboración del diccionario, tanto en su lado positivo como negativo. Dentro de primer aspecto, el positivo, destaco las oportunidades que brinda la investigación para asombrase repetidamente con la complejidad de la realidad social o, bien, las posibilidades que ofrece para contribuir a construir una mejor sociedad. Dentro del segundo, el negativo, destaco los rudos ambientes en los que ocasionalmente debemos desarrollar nuestro trabajo.

En todo caso me gustaría centrar mi respuesta en el proceso de investigación como tal. Los oficios del etnólogo y el lingüista tienen una faceta muy atractiva que hoy es definitoria de ambas disciplinas. Se trata del trabajo de campo al cual todo practicante quiere partir. Ciertamente es una actividad seria, guiada por unos objetivos claros. Pero también es una suerte de aventura intelectual y espiritual, que a menudo implica desplazarse a lugares lejanos y desconocidos o, bien, explorar rincones cercanos que habían pasado desapercibidos. Durante su curso todo es digno de interés y hasta detrás del más ínfimo detalle se sospecha una riqueza encubierta.

Ahora bien, después de cada ida al terreno viene una etapa sumamente dura de soledad o, por lo menos, de un tipo de soledad diferente al que se vive lejos de casa. El demandante ejercicio físico del trabajo de campo cesa casi por completo para transmutarse en una solitaria reflexión. Con el fin de poner sus cuadernos en orden y darle paso a la escritura, el investigador debe aislarse de los suyos y privarse de muchos placeres. A veces creo que una jornada al frente de los libros, las hojas en blanco y la pantalla del computador, es mucho más difícil de llevar que un incómodo paseo de varias horas sobre el lomo de un burro o una larga noche en compañía de una bandada de mosquitos.

CF: ¿Algún consejo para los futuros antropólogos e investigadores en ciencias sociales?

JCNV: Los ette suelen narrar en las noches claras la historia de un inmenso árbol de ceiba que los humanos deseaban derribar para apoderarse de las semillas de maíz colgadas en sus ramas y, con ellas, entregarse a cultivar la tierra. Dado el grosor del tronco, la simpleza de los utensilios a disposición y la interferencia de personajes extraños, la empresa resultó difícil, fatigante y prolongada. Este fue el primero de los trabajos duros cometidos por la humanidad y, en ese sentido, constituye una especie de prototipo de todas las labores penosas que ahora deben efectuar los hombres y las mujeres.

Nuestro oficio, estoy convencido, no es muy distinto a la tarea realizada por esas primeras personas. Como abatir un árbol de dimensiones míticas, plantear, desarrollar y concluir una investigación puede parecer una labor irrealizable, demandar una constancia increíble, requerir la colaboración de muchos y lidiar con situaciones inesperadas. Por eso no es raro que durante su curso afloren sentimientos detestables como el cansancio, la pena, la frustración, la impotencia...

A todos aquellos que alguna vez experimenten estas penurias, les diría que pasan por una etapa normal y, por tanto, no tienen por qué desalentarse. Seguramente los motivos que determinaron el comienzo de la investigación y los resultados a los cuales esperan llegar compensarán todos los sufrimientos. El árbol, como me recordaban los ette, al final cedió ante la constancia y el buen corazón de los humanos.

CF: ¿Podría decirnos algunas palabras en ette para despedir esta entrevista?

Claro, con gusto, aunque mis labios extranjeros difícilmente pueden reproducir la belleza melódica de la lengua ette:

Tanane jaaya iiwa’ayura, aarite ette taarakakka negwa’abri, samanane riigowi nowe paapelu ettane ette taarawa yaj, na yeekwikragga taara, nine nowera’ye.

“Lo que acabo de contar, es la historia del diccionario ette, de la forma en la cual fue escrito ese libro en donde las palabras residen, las palabras de mis hermanos ette”

 *Fotos: Archivo personal de Juan Camilo Niño Vargas

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